José Mena, Director de Dialecto Urbano

José Mena y Dialecto Urbano, Venezuela a viva voz

Faitha Nahmens, periodista venezolana

Son privilegiados los que además de vivir para la música pueden vivir de la música; todos los demás son el resto, los que viven con ella y en ella; en realidad no queda otra, la música abarca todo y más allá, y a nada ni a nadie excluye; alcanza hasta aquél que aún no ha nacido, irrumpe con bombos y platillos con el líquido amniótico. Es, como el oxígeno, la vida. Y es el corazón la prueba de ello. Sus latidos son el ritmo primigenio, la primera y la eterna percusión sincronizada y acompasada que oye el ser humano. De ello saben hasta los sordos, y no es exageración ni metáfora. Sé que se las apañan para sentir vibraciones y que las reproducen con tino desde la piel, desde los huesos, desde el alma; he presenciado milagros en ese sentido, y es que la música todo lo hace posible: anima, ennoblece, sana. Revitaliza. Todo la contiene o ella contiene todo, hasta el ruido puede esconderla, y, sin duda, el silencio. La música está en el vaivén de unas caderas, en el pregón del vendedor ambulante, en el viento, en el mar, en la risa, en la palabra escrita y, por supuesto, en la hablada, en los sentimientos y, claro, en el chasquido de los besos. Puede uno entender, entonces, que una persona, sea cual sea el color de sus ojos, en este caso verdes, y siendo el color otro milagro vital, te mire arrobado cuando habla de su profesión, y sientas que su mirada dice mucho de lo que adora hacer porque mira como cantando.

La historia de José Mena, historia de y para la música, es prolija y su trayectoria en estos afanes, como compositor, arreglista, intérprete, director, profesor o cantante es un empeñoso si sostenido, un sí afirmativo mayor, un siempre andante, aunque oscile, según las circunstancias, del tiempo del valse a no pocos seis por ocho. Como todo amor y como Eros mismo, opuestos seducidos por lo tanótico, la música, con todas las gamas y tonos posibles, es la tensión que lo impele, el blanco y negro que lo tienta. José Mena la lleva consigo como algo que le pasa, como la sangre, como algo que le acontece, como su par de ojos. Como un código de barra o en su código genético. Su abuela, Claudina Mimó, de temperamento artístico intenso, pinta y escribe y ha vivido su vida bordeando convencida el costado más sensible de la vía, estudió en la universidad de la tercera edad sintiéndose como en la primera. Su bisabuelo, Claudio Mimó, fue escultor y fundó la escuela de Bellas Artes Arturo Michelena de Valencia. No tardó en darse cuenta José Mena de que estaba predestinado, sin remedio, para los sones y sus goces. A los seis, comenzó a estudiar piano, y más que notas, hizo votos. Con la música por siempre.

José Mena, Director de Dialecto Urbano
José Mena, Director de Dialecto Urbano

Aire amable, que no trágico o atormentado, alberga tanta pasión por la audacia de crear y proponer ocurrencias, como por vibrar con versiones respondonas; aquellas que bajan los himnos de los pedestales. No teme tropicalizar o jalonar por los derroteros del jazz los clásicos que adora, tampoco hurgar entre raíces y páginas sepias para rescatar entre lamentos coloniales y tonadas de ordeños esa curiosidad llamada identidad. En realidad, la música toda es su favorita y oye a gusto cualquier género sin excepción así como busca mitigar sus obsesiones con investigaciones que den con respuestas fielmente barrocas. “Todo, sí, puedo disfrutar una polca, un aguinaldo o una sinfonía de Mahler, la música siempre sabe colarse y anidarse, ya sea como una emoción o una historia completa o infinita”, dice Mena. Lo cierto es que como titular de la coral Voces Juveniles de Caracas, del colegio Emil Friedman de Caracas, este profesor, desprovisto de acartonamientos, ha conseguido motivar a los alumnos a los ensayos de manera casi compulsiva. Es su señuelo la música como diversión, como expresión a la mano de sentimientos, como voz del corazón y con la técnica al servicio del prodigioso quehacer. Con esa condición ha deslizado un programa acaso más popular, que no menos formal, al punto que de pronto se sintió tras bastidores que la temperatura de la coral -en su desempeño no menos correcto en términos matemáticos, porque la música lo es- pues subió. Se hizo más cálida.

Contratenor, quien cantara con Isabel Palacios, entre otros retos, L’Orfeo de Monteverde, y también con la Camerata de Caracas fuera solista de Carmina Burana, un tópico de la historia musical patria y una catapulta, ha sido, asimismo, alumno de Federico Ruiz, en composición coral contemporánea; de Irina Niculescku, en fonéticas latina, alemana, inglesa, francesa e italiana; de Amelia Salazar y de Sara Catarina, en Canto; de Werner Pfaff, en música alemana contemporánea; y de otras luminarias más en asignaturas como canto gregoriano, música del renacimiento, orquestación de música popular y dirección coral. Lo aprendido le ha valido premios como el de Arreglos y Composiciones Corales en estilo caribeño, en el Festival Caribe, en el que ha triunfado tres veces, o el premio municipal de teatro, por la música de la obra Anfitrión, de Moliére. Currículum tiene. Tiene obras publicadas, Ave Verum Corpus y Canción de cuna con pollitos, y no poco estudio: es licenciado en Música, mención Dirección Coral, egresado del Instituto Universitario de Estudios Musicales, IUDEM bajo la tutela de Alberto Grau y María Guinand; también estudiaría composición, canto y dirección orquestal, y detenta, asimismo, el título de magíster en Música, mención Dirección Orquestal, el cual obtuvo en la universidad Simón Bolívar, como pupilo de Alfredo Rugeles. “Me faltaba un año para graduarme en Ingeniería Electrónica pero, como siempre, me adherí a la coral donde estudiaba, en este caso la de la universidad, y esta vez no hubo vuelta atrás, la música que había sido mi pasión toda la vida, sería, en adelante, mi modo de vida, mi vida a mi modo, las 24 horas del día”.

Su formación, y seguramente su determinación, le ha dado créditos para producir y estar en toda movida musical, aquí y allá. Para ser el compositor de la música de puestas en escena como El sol negro, de Samuel Vázquez; El pie de la Virgen, de Andrés Eloy Blanco; Palabra perdida, espectáculo de danza contemporánea de Osmany Téllez y Astrid Angarita; Quién le teme a Virginia Wolf, de Edgard Albee; o Ligazón, de Ramón de Valle Inclán. Para cantar con la Sinfónica de Venezuela, la Municipal de Caracas, la Gran Mariscal de Ayacucho, la Sinfónica Simón Bolívar, el Collegium Musicum Fernando Silva-Morván, o la Sinfónica Juvenil de Chacao. Para dirigir diferentes grupos corales como la Coral Cantamundo, el Grupo Vocal Quibure, el Coro de Cámara de la Schola Cantorum de Caracas, y asistir en la dirección del Orfeón Universitario Simón Bolívar, o la Camerata de Caracas. Para fundar, codirigir y ser arreglista del cuarteto vocal Fusión IV. Para parir algún jingle publicitario y hasta interpretarlo. Y para fundar Dialecto Urbano. O sea, para producir algo tan redondo como este disco.

Esta, la tercera producción de Dialecto Urbano, es un paseo heterodoxo y a puro pecho, voces cantantes, por meandros en distintos tiempos y temporadas, tonos y tonadas. Una gaita de tambora, una canción de cuna, joropos o merenguitos desde el tamiz con que se oiga. Todo sublimado, todo con el dúo garganta alma; tanto que podría llamarse un disco de soul criollo. Los temas de arrullo de siempre con las voces familiares de Luz Marina, Guillermo Carrasco, María Rivas, Fusión IV, Los Cuñaos, el propio José Mena y la gente de Dialecto reunidos por la causa que sin ser eterna, queda registrada para quien la quiera oír. “La música tiene sus calles” es el nombre de esta producción dulzona, a veces triste, que repasa al país y sus sentimientos, que delata a José Mena y los suyos, que es limpia y es un trabajo continuo sin efectos y con afectos. Flora, te seduce, El segundo, te hace sonreír, ¿Cómo podré? es brisa, Flor de mayo, te emociona, Besos en mis sueños, te susurra, Pueblos tristes, te enmudece, El negro José, te anima, Mi tripón, te conecta, El diablo suelto, te ubica –“tengo mi diablo dentro, acaso todos”, dice Mena-, y Canción de cuna con pollitos, te acurruca. Como achocolatado el trabajo; como para Cacao Music.

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